Creencias Limitantes Vs. Creencias Potenciadoras

     Todos tenemos creencias que han sido infundadas en gran medida por nuestros padres, nuestro círculo social, educativo y laboral; y estas creencias tienen tanto poder como para dar la vida o para apagarla; la reestructuración de las creencias permitirán a las personas sobrellevar situaciones, sobreponerse a acontecimientos y en definitiva alcanzar el éxito y evolución personal. Como dice Henry Ford “tanto si crees que puedes lograrlo tanto  como no, estás en lo correcto”, entonces nuestra mente inconsciente actúa en virtud de nuestras creencias, de nuestra imaginación y lo que pensamos, tanto que así digamos en tono de burla que “somos malos para hacer algo”, nuestro inconsciente dirá amén y se presentará la magia de que en verdad “somos malos”, entonces así es como funciona nuestra mente, en consecuencia, lo más sano y recomendable por este humilde servidor es empezar a mantener una actitud mental positiva, y decirnos a nosotros mismos “yo quiero, yo puedo y yo soy capaz”, y como magia empezarán a verse cambios tanto en el cuerpo como en nuestro comportamiento, los invito a intentarlo, ¿qué tienen o pueden perder?, por contrario considero que tienen mucho que ganar con intentarlo… Mírense al espejo y digan siempre “yo quiero, yo puedo y yo soy capaz” agregando cualquier situación que quieran sobrellevar o sobreponerse a. asimismo, también comiencen a decirse que son bellos, que son amor, que son hermosos, que son fuerte, que son tranquilos y que son competentes… Tengan fe que todo funcionará… Aquí les dejo una breve historia que me parece pertinente compartir con ustedes sobre esas creencias, y está en nosotros en seguir creyendo en fantasmas o si salir a cazarlos…

Érase una vez un joven príncipe que creía en todas las cosas menos en tres. Él no creía en princesas, en islas ni en Dios. Su padre, el rey, le dijo que tales cosas no existían. No existían princesas ni islas en el señorío de su padre, y no había símbolo de Dios. El joven príncipe le creía a su padre.

Un día, el joven huyó de su palacio al vecino país. Allí, para sorpresa suya, vio islas desde todas las costas, y en esas islas, extrañas y problemáticas criaturas a quienes no se atrevía a nombrar. Mientras andaba en busca de un bote, un hombre con traje de etiqueta se aproximó a él.

“¿Esas sin islas reales?”, preguntó el joven príncipe.

“Por supuesto que son islas reales”, dijo el hombre con traje de etiqueta.

“¡Y esas extrañas y problemáticas criaturas?”.

“Todas ellas son genuinas y auténticas princesas”.

“¡Entonces Dios también debe existir!”, exclamó el príncipe.

“Yo soy Dios”, contestó el hombre con traje de etiqueta, haciendo una venia.

El joven príncipe regreso a casa tan rápido como pudo.

“Así que estás de vuelta”, dijo su padre, el rey.

“He visto islas reales, he visto princesas reales y he visto a Dios”, exclamó el príncipe en tono de reproche.

El rey permaneció quieto, sin conmoverse.

“Ni las islas reales, ni las princesas reales, ni el Dios real existen”.

“¡Yo los he visto!”.

“Dime cómo estaba vestido Dios”.

“Dios llevaba un traje de etiqueta”.

“¿Las mangas de su abrigo estaban enrolladas?”.

El príncipe recordó que en efecto lo estaban. El rey sonrió. “Ese es el uniforme de un mago. Has sido engañado”.

Diciendo esto el príncipe regresó al país vecino y fue a la misma orilla, donde una vez más se encontró con el hombre en traje de etiqueta. “Mi padre, el rey, me ha dicho quién eres”, dijo el joven príncipe indignado. “La última vez me engañaste, pero no lo volverás a hacer. Ahora sé que estas no son islas reales ni princesas reales, porque tú eres un mago”.

El hombre en la orilla sonrió. “Eres tú quien está engañado, mi muchacho. En el reino de tu padre existen muchas islas y muchas princesas. Pero tú te encuentras bajo el hechizo de tu padre, por lo tanto no puedes verlas”.

El príncipe regresó pensativo a casa y cuando vio a su padre lo miró a los ojos. “Padre, ¿es cierto que tú no eres un rey real, sino sólo un mago?”.

El rey sonrío y enrollando sus mangas expresó. “Sí hijo mío, yo sólo soy un mago”.

“No existe la verdad más allá de la magia”, dijo el rey.

El príncipe estaba lleno de tristeza y dijo: “Me voy a suicidar”.

El rey, con magia, hizo que la muerta apareciera. La muerte se mantuvo en la puerta e hizo señas al príncipe real. El príncipe se estremeció. Él recordó las hermosas pero irreales islas y las irreales pero hermosas princesas.

“Muy bien”, dijo. “Lo puedo soportar”.

“Lo ves, hijo mío”, dijo el rey, “ahora tú también comienzas a ser un mago”.

The Magus, John Fowles &Jonathan Cape, 1977.

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